domingo, 1 de noviembre de 2015

Un cuento mensual: El experimento (Carlos Echevarría)

Los observo, a pesar de tener los ojos cerrados, los puedo ver, vestidos de blanco de pies a cabeza, acercándose, apuntando en sus tabletas mis signos vitales, viéndome fijamente, conversando sobre mí, haciendo planes sobre lo que harán conmigo. Ellos creen que no siento su presencia, pero se equivocan. Los vengo analizando desde el 15 de mayo de 2090, cinco años después de mi nacimiento.
Mis sentidos fueron alterados radicalmente, en teoría, puedo ver a la perfección a cientos de metros; mi oído es tan agudo como el de un murciélago y tengo una resistencia física excepcional, incluso podría alcanzar hasta ochenta kilómetros por hora corriendo. Los científicos no solo me dotaron de capacidades físicas superlativas, sino también mentales. Además de mis poderes psíquicos, fui instruido por computadoras en ciencias y letras, conozco de historia, de geografía. Sé lo que hay en el exterior, aunque no lo recuerdo, ni siquiera me han dicho en qué lugar del mundo me encuentro. 
Soy el resultado de un experimento de muchos años, un ser excepcional, un súper humano. La corporación me llama Sigma A-84. Me construyeron con el objetivo de ser un instrumento bélico, un ser que defienda sus intereses y pueda ser manejado a su antojo, pero cometieron un gran error. Ellos creen que duermo cuando estoy despierto, creen que mi mente está en blanco cuando estoy pensando, creen que estoy tranquilo cuando en realidad planeo mi venganza, analizando sus movimientos, sus puntos débiles, dónde tienen sus armas, para qué sirve cada máquina. Todo por una razón: estos científicos me convirtieron en un humano tan poderoso, que puedo controlar hasta mis signos vitales. Las máquinas de las que ellos se confían solo muestran lo que yo quiero que muestren.
Cuando tenía dos años me raptaron. Me sacaron del pequeño pueblo donde vivía y me metieron a un laboratorio. Nadie me preguntó si quería ser parte de su experimento o no, solo lo hicieron. Tengo pocos recuerdos de la primera etapa de mi vida, preferiría ser una persona normal, tener errores, poder vivir, caminar libremente. A veces escucho ruidos leves tras las paredes, no sé quiénes son, no distingo lo que hablan. Paso mis días imaginando historias sobre lo que sucede ahí o pensando en lo qué haría si fuera libre. No entiendo quién les dio el derecho de encerrarme aquí.
Estoy en centro de una sala circular de treinta metros de diámetro. No hay ventanas, todas son luces artificiales, no recuerdo lo que se siente al ver luz del sol. Las paredes son grises y el piso, negro brillante. Hay varios equipos y computadoras, todas destinadas a mi estudio. Al frente hay una mesa ovalada donde a veces se sientan los científicos encargados del proyecto a conversar sobre mí, los resultados del experimento, sus planes para utilizarme, confiados en lo que les señala las máquinas: que estoy durmiendo, que no los oigo, pero siempre lo hago, siempre estoy pendiente de lo que hablan, alimentando mi odio.
Me encuentro en una cápsula llena de agua combinada con varios componentes para mantener mi cuerpo intacto, tengo un respirador artificial y veinte cables conectados directamente a mi cerebro, además de otros treinta repartidos entre mi columna y extremidades. Nunca he vuelto a salir de ahí. Me han dotado de capacidades físicas extraordinarias, pero aún no puedo utilizarlas; me enseñaron quince idiomas a través de los cables, pero nunca he pronunciado una palabra; puedo ver a cientos de metros de distancia, y estoy aquí dormido o sedado. Estoy esperando el momento en que el proceso llegue a su fin para poder marcharme. Ya falta poco tiempo para que esto suceda, solo es cuestión de soportar, de tener paciencia.
—El experimento Sigma A-84 cumplirá en una semana veintidós años y su proceso habrá terminado. Podemos confirmar que los resultados de esta muestra han sido exitosos. El espécimen es un humano superdotado en todo sentido, sus poderes mentales lo hacen invencible. Podemos afirmar que es hasta diez veces superior a un humano similar.
Un experimento, eso es lo que soy. Una persona a la cual se le ha añadido mediante la ciencia poderes inigualables para el interés de una corporación internacional. 
—Sigma A-84 será controlado con facilidad. Una vez que salga de la cápsula estará bajo nuestro entrenamiento por cinco años para que pueda canalizar sus energías, después recién podrá ser utilizado. Lo criaremos de tal forma que siga nuestras órdenes. A pesar de tener veintidós años, es como un pequeño niño, no ha sido contaminado por la sociedad, solo conocerá lo que nosotros le digamos y creerá qué es lo correcto. Todo está muy bien diseñado para que no se nos escape de las manos. 
Utilizarme, eso es lo que desean. Quieren que controle con mis poderes psíquicos y físicos a otras personas, para beneficio de mis creadores. Solo por ese deseo creen poder tener el derecho de mantenerme encerrado, alimentándome con sondas, conectado todo el día, siendo un prisionero, pero faltaba poco.
El día llegó. Veo como el agua de la cápsula baja y los vidrios se ocultan dentro de la máquina. Siento el aire exterior, es como volver a nacer. Mediante los cables me despiertan, o eso es lo que ellos creen que hacen. Luego sacan esos aparatos conectados a mí. La sensación es muy extraña, aquellos impulsos eléctricos ya no torturan mi cuerpo.
Me intento levantar de la silla en la que estoy, mis piernas responden a medias y caigo al suelo. El golpe me produce dolor, no recuerdo haber experimentado aquello, es extraño. Todos se acercan preocupados y me levantan con cuidado. Tomo equilibrio y consigo mantenerme en pie, nadie saca la mirada de mí.
—¿Habremos hecho algo mal? —se pregunta uno de ellos.
Es lo único que les importa, que el experimento saliera bien, que les pueda ser de utilidad. 
Uno de ellos me trae ropas, se las acepto y les sonrío falsamente.
Me miran sorprendidos, tal vez asustados de que algo este fuera de lo estipulado. Es comprensible, han trabajado veinte años en mí, pero no me interesan sus motivos ni sus planes, después de lo que me han hecho no merecen que les ayude, no merecen nada. Con las habilidades que tengo, ¿pueden acaso obligarme a hacer algo? Ellos creen tener todo planeado, creen que yo no sé lo que quieren hacer conmigo, sin embargo, se equivocan, al desarrollar mi mente me dotaron de capacidades que no tenían previstas. Les ha salido todo mal.
 Es el momento de escapar, solo quiero ser libre. Los científicos son inofensivos, pero tres hombres armados resguardan la puerta del laboratorio. Sé quiénes son, están ahí hace dos años.
Dos científicos se acercan, a ellos les corresponde analizarme por última vez, ya fuera de la cápsula. Sé exactamente lo que tengo que hacer.
Cojo a ambos de los brazos y los lanzo hacia los hombres de seguridad, como si no pesaran nada. Sus cuerpos vuelan y caen sobre los tres guardias armados. Es todo el tiempo que necesito. Corro con gran velocidad, en pocos segundos ya estoy frente a ellos. Uno intenta coger su arma pero lo cojo del antebrazo mientras pongo mi pie sobre su hombro. Jalo y su extremidad se tuerce por completo. Su hueso ha desgarrado su piel, saliéndose. La sangre brota y él cae de rodillas, sin parar de gritar. Aferro su arma y le disparo a los otros dos, que mueren al instante. El primero sigue gritando, su voz me incomoda. Lo lanzó al suelo y aplasto su cabeza, siento su cráneo crujir y me produce felicidad. Lo merece.
Todos retroceden atemorizados, están desconcertados. Uno de ellos se acerca a una máquina y activa la alarma. Un sonido intermitente y molesto perfora mis sensibles oídos. Miro a aquel científico con furia, deseo que esté muerto, y mi deseo se hace realidad en el acto. La máquina detrás de él explota y el humano empieza a incendiarse, gritando. Su compañero va hacia el extintor para apagar el fuego antes que se calcine, pero no quiero que lo salve, hago explotar el extintor en sus manos. Mi mente actúa por sí sola, mis poderes psíquicos aún están un paso delante de mí, tengo que controlarlos.   
El resto de científicos en la sala se dan cuenta de que ya no tienen ningún control de la situación, intentan escapar, pero no los dejaré, quiero matarlos a todos. Verlos morir me produce una sensación que se siente bien, es el resentimiento que he albergado por veinte años. Uno de ellos abre la puerta metálica e intenta escapar. Miro el botón para activar la salida, y la puerta se cierra bruscamente partiéndolo en dos. Estoy mejorando, poco a poco voy comprendiendo cómo usar mis habilidades. 
Uno de ellos se dirige a la repisa donde guardaban las armas, saca una pistola. No es problema, solo necesito mirar aquel artefacto para que salga desprendido de su mano. Con la pistola que tengo en la mano le disparo, le da directo en la cabeza, qué gran habilidad tengo, qué precisión. Vuelvo a disparar, mi siguiente víctima es el otro que estaba armado, sus sesos salen volando y caen en el rostro del que se encuentra detrás de él, quien corre la misma suerte que su colega. 
Las puertas se vuelven a abrir e ingresan cuatro hombres vestidos de negro, con máscaras y subametralladoras. Le disparo a uno antes que logre cubrirse y muere en el acto. Los otros dos empiezan a disparar, mato a otro, pero una bala cae en mi hombro y me hace trastabillar, es un dolor intenso, me arde, aunque no me detiene, lo único que ha conseguido es que me enfurezca aún más. Observo las armas que ellos tienen y las traigo hacia mí, quedan completamente desconcertados, no esperaban esa habilidad. Quieren escapar, no los dejaré. Corro hacia el que me disparó y le agarro la cabeza con brutalidad, la aplasto, quiero hacerle el mayor daño posible, quiero hacerlo sufrir. Siento como su cráneo cruje entre mis manos y su sangre tibia recorre mis dedos. Su compañero me mira horrorizado e intenta huir, pero soy mucho más rápido, lo cojo a él también y lo tiro al pavimento, mi fuerza es descomunal.
Ahora cojo las subametralladoras de los policías que acabo de matar y acribillo al resto de científicos, incluso a los que se habían escondido tras las máquinas y los que corrieron despavoridos hacia la salida. No hay manera de que salgan con vida, no tienen oportunidad contra mí. Por fin me he deshecho de ellos, sé que no son todos los que alguna vez vi pasar por el laboratorio para observarme, pero estoy satisfecho, matar se siente bien, la venganza es agradable y ahora soy libre. 
Corro hacia la puerta y salgo de la sala, hay un largo pasadizo con varias puertas, escucho movimientos tras ellas, gente gritando, explosiones, mas no es momento para averiguar qué sucede, yo solo quiero escapar, ver el mundo. Sigo corriendo, no soporto el sonido intermitente de la alarma, me desespera. Por fin veo la salida, ya falta muy poco.
Abro la puerta y salgo del laboratorio, veo el exterior por primera vez, el piso es de tierra y el cielo oscuro y estrellado. A lo lejos distingo grandes montañas verdes. Al fin soy libre. Voy a buscar el pueblo del que me sacaron cuando tenía dos años. No recuerdo cómo se llama ni dónde está, pero lo encontraré.

***

Carlos Adrián Echevarría Benito (Lima, 1990) es bachiller en Economía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado las novelas El planeta olvidado I, La Liberación (2012) y La galaxia escarlata (2015), ambas de la saga literaria de ciencia ficción El planeta olvidado. Ha sido incluido en Se vende marcianos: muestra de relatos de ciencia ficción peruana (2015) y ¡Marty llega!: cuentos peruanos sobre viajes en el tiempo (2015).



1 comentario:

  1. El final afirmativo en un mundo extranamente parecido al nuestro, la busqueda de uno mismo. Me gusta observarlo como una metafora de la realidad contemporanea. Encerrados en burbujas, olvidando nuestra humanidad, sujetos a un experimento que nunca acaba. El humano perfecto. Excelente publicacion amigo.

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