domingo, 11 de septiembre de 2016

Zoológico de culto (Kaulder)

Llevo ocho años trabajando en este antiguo parque zoológico, el único que queda de este tipo en el mundo. Está ubicado en una zona remota de mi país, Monumental Puruchuco, para ser precisos. Los historiadores mencionan que antes del terremoto de Lima hubo aquí hogares, caminos y un complejo deportivo que incluía un recinto con numerosas graderías para los espectadores que, durante por lo menos noventa minutos, observaban exaltados el encuentro de dos equipos, cada uno de once hombres. No recuerdo cómo se llamaba ese deporte, pero era tan adictivo que incluso se practicó en el siglo XXIII. Ese gusto me recuerda el arrebato del pueblo y la nobleza ante la lucha a muerte de los gladiadores en la época del Imperio romano.

Es cierto que existen grandes zoológicos como los de Madrid Oceánica y Dallas Oriental, con exhibiciones más verosímiles ya que cuentan con animales clonados y paisajes acordes a cada criatura, pero el nuestro tiene muchas visitas. Parecen felices con solo ver a los viejos hologramas que recrean el aspecto visual, aunque las bestias carecen de olor y otros rasgos que invadirían los sentidos de haber sido modernizado este lugar.

En mi infancia, mi abuelo me dijo que los más interesados en asistir a ver a los animales eran los niños. Pero ahora noto que ha habido un cambio en los gustos, ya que desde el inicio de mis labores los más asiduos visitantes han sido los adultos.

Mi trabajo consiste en asegurarme que la electricidad generada por la energía eólica sea utilizada con la mayor eficacia para el Sector Andino del parque. Lo más laborioso es la revisión de la matriz del conjunto. Pero lo que me deja agotado es un trabajo adicional: según mi acuerdo con los directivos debo dar paseos por las exhibiciones a ciertas horas. De esta manera aprendí las decenas de rutas y cada texto explicativo sobre los animales. Me sorprendieron muchas historias, pero la de la rana gigante de Junín es la que me gusta más porque yo sé que es cierta. Fue el primer holograma que vi en mi vida, cuanto tendría unos cinco años y su aspecto me causó fiebres.

Ayer, luego de mi turno con la matriz, salí a las exhibiciones, hablé con un turista alemán al que le consulté por qué venía aquí. Sonriendo enigmáticamente me respondió con una vaguedad: «aquí encuentro un ambiente familiar, la atmósfera no es tan corrosiva como en Europa porque allá utilizo una máscara protectora». Lo cierto es que desde hace años sé la verdad.  Desde el inicio los directivos me dijeron que mi trabajo incluiría largos paseos y me ofrecieron un sustancioso salario.

Yo era el único descendiente del cazador que cobró las últimas piezas de animales salvajes en el mundo y que terminaron dejando al planeta sin esas criaturas, tenía un gran parecido físico con él. Así que los turistas pagaban mucho por intentar encontrarme y tomarme una foto, sobre todo los japoneses. Como nunca sabían que ruta seguiría, la mayoría no lograba ubicarme, lo que aumentaba la emoción de la actividad. Ahora otros parques zoológicos quieren mis servicios, pero aquí me siento feliz, ejerzo la ingeniería, me pagan muy bien, y de vez en cuando soy cazado por sus cámaras, aunque casi nunca me entero de eso.

***

Si deseas publicar en la sección "Un cuento mensual" de Torre de Papel Ediciones, puedes enviar tu relato a torredepapelediciones@gmail.com y, tras una evaluación, te daremos una respuesta.



No hay comentarios:

Publicar un comentario