lunes, 5 de octubre de 2015

Un cuento mensual: El descubridor (Carlos Enrique Saldivar)

En realidad, Harold era una buena persona. Divertido, interesante, amistoso, era incapaz de mentirle a alguien o negarle ayuda al que la necesitase. Pero, debo admitir, el día de ayer estuvo de lo más insoportable. Caminábamos ambos acompañados por una pareja de amigos por el campus de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, embebidos en una charla sobre libros de ciencia ficción, unos que hoy por hoy están un tanto prohibidos: 1984, Nosotros, Un Mundo feliz, novelas que personalmente aborrezco; Harold los había leído todos en menos de once días y ¡vaya que habían ejercido influencia en él! Además, la gran problemática social y política que vivimos en este miserable país ayudó un poco a que esta triste reacción se activara en su cerebro. Las palabras de mi amigo fueron contundentes y resultaron algo exentas de ligereza para mi gusto.
—¡Lo tengo! —exclamó con presteza—. ¡Pero, por supuesto! ¡Cómo no me había dado cuenta antes! ¡Al fin he resuelto el problema!
—¿De qué estás hablando, grandísimo loco? —le preguntó mi amiga, extrañada, al igual que el resto de nosotros.
—He descubierto la verdad. La gran verdad de nuestro país, de nuestro mundo. No somos libres. El gobierno nos tiene prisioneros.
—Se te ha zafado un tornillo —le respondí, tratando de aguantar la risa.
—No, hablo en serio. Nos envían a esta simplona universidad, nos imparten la educación que quieren, nos llenan la cabeza de mierda y nos hacen creer que es lo mejor para nosotros. Lo han hecho desde que éramos niños, lo seguirán haciendo cuando maduremos y entremos a formar parte de la sociedad mercantil. ¡Debo hacer algo al respecto! Haré mi tesis en función de este tema, escribiré un libro, soy muy bueno escribiendo, tú mismo me lo has dicho, Isaac. Desarrollaré una teoría sólida que pueda sentar las bases de todo lo que afirmo. ¡Dios mío, es increíble! ¡La idea ha llegado como un relámpago! ¡Como si hubiera estado escrita en las estrellas! ¡Ya verán, chicos! Sorprenderé a todos y les demostraré que en realidad somos esclavos del sistema, que no pensamos por nosotros mismos, que hay fuerzas poderosas que nos controlan y que, felizmente, no están más allá de nuestro entendimiento.
Y se marchó en dirección a la cafetería, saltando alegremente, silbando alguna melodía que solo él conocía, en tanto mis compañeros y yo permanecíamos alelados, viendo cómo se alejaba con sus estrambóticas ideas.
De súbito, volteó el rostro y nos gritó desde lejos:
—¡Van a ver, amigos míos! ¡Hoy mismo empezaré a desarrollar mi gran teoría! ¡Esta misma tarde analizaré la raíz del asunto y empezaré con el libro! ¡Así todos ustedes podrán darse cuenta de cómo funciona el mundo realmente! ¡Mañana, temprano, tendré algo preparado para exponer en la clase y mostrarles a todos ustedes!

Sin embargo, al día siguiente estaba muerto.

En verdad era un buen amigo, pero ¿quién iba a imaginar que en la aburrida Facultad de Humanidades, en la modesta Especialidad de Literatura, pudiese ocurrir este fenómeno tan raro? Sí, a veces despiertan y se dan cuenta de las cosas. Suele suceder. Si no fuera así, mi labor no tendría sentido. Había simulado ser camarada de Harold un año entero. Este era nuestro tercer ciclo en la universidad. Me tomó desprevenido, pero actué con precisión. Me ha tocado presenciarlo por vez primera y lo he informado, como debe de ser. La labor de descubridor es vital para el gobierno. Es un privilegio que no muchos tienen. He de vivir camuflado entre estos jóvenes y alertar a la Gran Célula Dominante cuando uno de ellos ha logrado pensar más de la cuenta. Estoy seguro de que en las facultades de Derecho o Ciencias Políticas hay una cantidad mayor de muchachos que abren los ojos a la realidad. Por fortuna, los ejecutores hacen bien su trabajo. Cuando yo descubro a un chico que decide pensar por sí mismo y analizar la sociedad y el entorno que le rodea, debo avisar rápidamente. Eso aumenta mi prestigio. Velocidad y precisión. Cuando junte cinco puntos, podré ascender en la escala de la Gran Célula. Me destinaron con los alumnos de Literatura, chicos de mi edad y de mi condición social, porque los escritores son peligrosos, y lo es aún más escribir contra el gobierno y los objetivos de mis jefes. Harold ha pagado el precio de su inteligencia. Los ejecutores entraron en su casa durante la noche y lo acuchillaron en su cama, robaron todas sus notas y simularon un simple robo. No tocaron al resto de sus familiares, dormían con placidez y no se dieron cuenta de nada. Una de las reglas es respetar la vida de los que confían en las directrices de la Gran Célula. Siento algo de pena, era un joven prometedor, con talento literario y un buen estudioso de la filosofía y otros temas intrincados. Pero la ley es la ley. A pesar de todo, me siento contento. No me falta mucho, los libros que leen estos muchachos los harán pensar más de la cuenta, entonces podré denunciarlos y serán aniquilados, como es lo correcto. Completaré el puntaje requerido y me llegará la oportunidad de convertirme en alguien mejor. Mi gran anhelo es ser un ejecutor y exterminar a los librepensadores. Sí, mi meta es ser uno de los protectores que castiguen físicamente los pensamientos inoportunos. Mi turno llegará pronto. Mientras tanto, me dedico a lo mío. Es bueno estar con ellos, escucharlos, parecer que soy su amigo, introducirme en sus sueños e ideas. Es divertido. Mucho cuidado, estamos por todas partes. Oímos lo que piensas. Pensamos contigo. Muy pronto cometerás un error, deslizaras una frase, será pequeña, será larga y yo te escucharé. Mantener la armonía en esta sociedad golpeteada por el caos es lo más importante para mí. Tenemos planes muy grandes para ti. En cualquier momento cruzarás la línea de lo permitido y ahí yo estaré, preparado, más frío y astuto que tú. Entregado en cuerpo y mente a mi magnífica labor. No vas a librarte, como ya dije, estoy aquí, ahí y allá. En tu trabajo, en tu centro de estudios, en tu propia casa. A tu lado, ahora mismo, abrazándote, dándote ánimos para que me confíes tus más íntimos secretos. Y no podrás darte cuenta de quién soy. Mis amigos me llaman Isaac Mora, pero en el mundo real, aquel que no conoces, ni jamás conocerás, me denominan El descubridor.


*Este relato fue publicado originalmente en la revista Velero 25, número 55 (abril de 2010).

*Este relato forma parte del libro inédito El cuarto contiguo (y otras historias fantásticas).



Carlos Enrique Saldivar (Lima, 1982). Es director de la revista impresa Argonautas y del fanzine físico El Horla. Es miembro del comité editorial del fanzine virtual Agujero Negro, publicaciones que están dedicadas a la Literatura Fantástica. Es coordinador del fanzine impreso Minúsculo al Cubo, dedicado a la ficción brevísima. Ha sido finalista de los Premios Andrómeda de Ficción Especulativa 2011, en la categoría: relato. Ha sido finalista del I Concurso de Microficciones organizado por el grupo Abducidores de Textos. Ha sido finalista del Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft. Ha publicado los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008), Horizontes de fantasía (2010) y el relato El otro engendro (2012). Compiló la selección Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011) E-mail de contacto: fanzineelhorla@gmail.com Blog: www.fanzineelhorla.blogspot.com

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