lunes, 29 de febrero de 2016

Un cuento mensual: La anomalía por Benjamín Román Abram



Traída del mundo de mis sueños.

El sudor y las náuseas me confirmaron que estaba sufriendo de un nuevo ataque de pánico, mi esposa estaba presente y me colocó una toalla mojada y fría en el rostro. Cuando me recuperé le pedí encarecidamente que me dejara unos minutos solo.

Muchas personas en el mundo habíamos quedado impresionados por la anomalía: un fenómeno que producía un firmamento psicodélico, con colores cambiantes y nubes que aparecían y se ocultaban en segundos. Cuando por fin se estabilizaba, se convertía en una gigantesca pantalla en la que se proyectaban imágenes de otras partes del planeta mientras sonaba una extensa nota do que perforaba nuestros oídos. Luego, una negrura absoluta se apropiaba de aquel cielo en pleno día mientras la superficie temblaba con fuerza, ocasionando miles de accidentes. Habíamos vivido ese fenómeno mundial seis veces en el último año y cada vez era más prolongado y violento. Los hombres de ciencia no tenían idea de qué lo producía. La posibilidad de que volviese me tenía en vilo.

 Seguíamos con nuestras vidas, aunque apenas íbamos de las casas a los trabajos y viceversa. Yendo al cine, sí; paseando, sí, pero alertas. En otras partes del mundo se incrementaron las guerras, rebeliones, suicidios y actos vandálicos. La disminución de los viajes puso a la mayoría de aerolíneas, empresas navales y de transporte en problemas financieros, varias quebraron.

 Cuando Estados Unidos dijo que, ante la falta de decisión de muchos países, había tomado medidas de emergencia para hallar la causa de nuestra situación, no halló demasiada resistencia. Uniría el control de los satélites privados a sus telescopios espaciales, sondas y demás equipos. Todos queríamos que rastreasen el cielo y la Tierra en busca de una explicación. La población tuvo un respiro y yo sentí alivio. No me importaba si era legal o no, si eran capitalistas o comunistas, si mentían sobre la existencia de gobiernos pusilánimes o activos; tampoco deseaba oír frases vacías, escuchar que tuviéramos confianza en las autoridades y en la ciencia, solo quería una respuesta concreta y un plan de acción viable.

 Luego de dos meses, no se había presentado la anomalía; no obstante, yo me sentía inseguro. Ayer volví lo más temprano que pude de mi trabajo a mi residencia, revisé en internet si quedaba un lugar en el mundo en que no se hubiera dado el fenómeno. Sabía que fantaseaba, incluso si existiese un sitio así, no podría viajar a ningún lado porque no tenía dinero suficiente.

***

 Ayer, cumpleaños de mi hija, invité a mi hermano y a su familia. Nuestras hijas de siete años jugaron despreocupadas. Mi madre, que desde que comenzó todo se había mudado con nosotros, se mostró feliz. De pronto los ambientes se bañaron de una luz rojiza y vaporosa. Pedí a todos cerrar las cortinas, pero ellos me dijeron que se sentían preparados para el suceso. No discutí y me fui al sótano con ansiedad. Por un segundo, estuve tentado de colocarme protectores auditivos y una venda, pero rechacé esos pensamientos ridículos y, después de tomar una radio en mi bolsillo, regresé con los demás. Veían el baile del cielo. Yo me emocioné y rodeé a mi esposa e hija con mis brazos, mientras miraba al resto de mi familia.

Empezó la sacudida y el ruido, esta vez mucho más fuerte, ahora ya vivíamos un temblor y no como en otros casos, que solo se producían en los siguientes días, sino que incluso algunas cosas se cayeron al suelo. Un vidrio se rompió y en treinta minutos, cuando pensaba que seguiría empeorando, paró y la Tierra volvió a sonreír.

Salimos hacia el parque de la zona. Los militares y los policías recorrían la zona. Algunos vecinos sollozaban, otros estaban impasibles. Esta vez las edificaciones más antiguas presentaban daños. Yo tenía miedo de que esa rareza terminara con nuestras vidas. En ese momento, cuando estábamos en medio del parque, oí por radio que ya hacía unas semanas sabían la causa: varios asteroides se acercaban a nosotros al tiempo que colisionaban entre sí y bañaban a la Tierra de gases y energía. Las autoridades nos pedían que confiáramos, los asteroides serían repelidos con los nuevos equipos creados ex profeso. Cuando de pronto el fenómeno se reanudó, yo solo pensé que esta vez era el final de la humanidad.

 Era el turno de los espejismos salvajes. Yo estaba en la costa templada del Perú, me era aterrador tener a la vista al Everest, aunque fuera una imagen en el cielo y luego a olas gigantes de algún océano. El estómago me traicionaba de solo ver esas ilusiones. Luego, a pesar de ser media tarde, llegó la oscuridad y los aparatos eléctricos dejaron de funcionar. Tomé a ciegas la mano de mi hija y la de mi esposa. Volví a perder la compostura, secando mis ojos llorosos con mis muñecas. ¡Vamos a la casa, vamos! No pudieron escucharme porque el planeta parecía crujir como si fuese exprimido. De pronto volvió la luz de día y no muy lejos vi al resto de mi familia.

Rogué que un misil o lo que fuera, pudiera interceptar a esos asteroides. En ese momento la radio funcionó. El locutor traducía en simultáneo un mensaje en inglés. Oí claramente las solemnes palabras: todo retornará a la normalidad, lo hemos logrado.

Los malditos desechos estelares se fueron rumbo al Sol para ser devorados junto a nuestras pesadillas.

***

Benjamín Román Abram (Lima, 1970) Es abogado, especialista en seguros y administración de empresas. Narrador y poeta, editor y capacitador en ofimática para escritores, asimismo es divulgador cultural. Parte del movimiento fantástico peruano. Sus cuentos, principalmente de esta temática, han sido publicados en diarios y revistas nacionales e internacionales. Es autor del libro de relatos En Envase Pequeño y está culminando el poemario Sensaciones. Director del fanzine de ficción brevísima Minúsculo al Cubo, reseñador en May Neim. Es miembro fundador del grupo literario Argonautas.

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