martes, 29 de agosto de 2017

Tenebra o la reunión “familiar” del horror (Por Gonzalo Del Rosario)


Presentada en la última FIL esta muestra de cuentos peruanos de terror, Tenebra (Torre de papel, 2017) confirma cuán ligados a lo fantástico seguimos varios narradores de esta generación cuya obra no busca asemejarse al preciosismo mainstream que pretenden y ostentan ciertos referentes ya aburguesados, sino que más bien, preferimos el gore, la serie B, el humor negrazo, el satanismo, la pornografía y/o el incesto para abordar y generar un poco de miedo (pálida), así sea solo en forma de angustia o asco.

Por eso es interesante la selección de Carlos Saldívar. Principalmente porque ha reunido, o así parece, a una gran parte de escritores nacidos entre los setentas y ochentas (y noventas) que desde sus exilios han ido desarrollando el tema fantástico, el terror o la ciencia ficción y que, gracias a este libro, sino se manyaban antes, al menos ya sabrán de sus (miserables) existencias.

Si levantamos la crítica por el efecto de miedo que me causara alguno de los cuentos, “Reencuentro” de Julio Cevasco no solo me generó asco natural por la idea del coito incestuoso milf (complejo de Edipo a forro), sino que por momentos proyectaba la aparición a mis espaldas de una entidad demoniaca debido a ciertos párrafos que se leían como invocaciones... No estoy jodiendo, ni cagando releo esta mierda.

Luego, debido a mi actual investigación sobre el doppelgänger en la narrativa fantástica peruana contemporánea hay otros tres cuentos que me interesaron sobremanera, además de su propuesta que aplaudo por lo bizarra: “Ojo por ojo” de Jeremy Torres-Montero, “Oxiuros” de Jorge Casilla y “Disección” de Yelinna Pulliti. En el primero, una mujer que es golpeada y ultrajada salvajemente y a diario por el borracho de su marido, cuando este se ha largado, desnuda frente al espejo y contando sus moretones se le aparece un demonio quien, tras tirársela, la incita a vengarse del cobarde... Pura reivindicación. En el segundo, volvemos al tema edipiano, pero en otra variante, esta vez un tipo es diagnosticado con un parásito en sus intestinos, lo macabro es que se encariña tanto con este que lo alimenta como a un hijo, le habla, lo mima y llegado el momento lo alumbra, asumiendo la forma de su creador. ¡Pálida! En el tercero, un tipo que odia que lo toquen está condenado en el infierno a ver cómo unos médicos sádicos diseccionan su cadáver y juegan con sus órganos. Para los amantes del gore. En estos se manifiesta el doble mediante tres vías: reflejo especular, parásitos y post mortem o cuando el alma ve sus restos.

Hablando de parásitos, bacterias, virus o insectos, además de “Oxiuros”, tanto mi relato “Pánico por Chiclayo” como “Bichos” de Glauconar Yue abordan este tipo alimañas que conviven o infectan a los humanos. En el caso de “Bichos”, está narrada como novela policial, en el mío elegí una especie de crónica roja; por ello es interesante también la variedad en los estilos narrativos que presenta este volumen.

En ese sentido, el relato más extravagante, bizarro, alucinógeno, pero en especial kitch, pulp, serie B, plus proyectada maldita en ácidos sobre la huaca, debe ser “El circo de los horrores” de Carlos Trujillo Ángeles: uno no sabe si reírse o mandar a la mierda todo el libro. Con Nosferatu como manhost de este circo infernal (e ideal) y payasos demoníacos que bailaban Harlem Shake, zombis acróbatas o contorsionistas poseídos (WTF!) cual antesala para el número final donde Freddy Krueger acuchilla, Jason descuartiza, Chuky apuñala, Hannibal Lecter traga, Darth Vader mutila y Sweeney Todd degolla a su animoso público (WTF2) previo a la inserción del narrador, quien enfundándose la máscara del Guasón acribilló a los desesperados asistentes con su AK-47 (WTF3), este relato es preciso para leer en alta.

Otra narración interesante es “La criatura de los humedales” de Liliana Flores Vega, en especial porque me recordó a aquellas películas de domingo por la noche en Global, donde el terror y el erotismo eran lo mismo. Así también el humor: una pareja amante de los ovnis y el chamanismo sale en su auto por la Panamericana norte y tras haber tirado en cada pueblo, esperan el arribo de un pata acampando en los humedales para volver a tirar bajo la luna nueva. Cuando llega su amigo se van a un bungalow y en la noche sigue la revolcada. Como ella piensa que son espiados por su amigo, le ofrecen un espectáculo digno, sin saber que en realidad era una… ¡criatura de los humedales! Bien mañosona, eso sí, porque dejó su lechada verde-amarillenta en la ventana.

Considero que esta debe ser la razón de peso para que Saldívar haya abierto la muestra con este cuento: coito heterosexual y abiertamente homosexual o bisexual (grupal, trío, poliamoroso y libre de prejuicios) más descripción de felación y poses, además de parafilias como exhibicionismo y voyerismo, son la base de esta historia. Más allá del elemento lovecraftiano en la aparición del monstruo y el uso de amuletos y salmodias para combatirlo, resalta su erotismo.

Este horror erótico, presente también en “Reencuentro”, “Ojo por ojo” y en el monólogo esquizofrénico y sadomaso de “Te espero” de Tadeo Palacios, ostenta un antecedente reciente en el segundo número de la revista Nictofilia (Cthulhu, 2017), cuya editora Marcia Morales Montesinos también forma parte de Tenebra con “La chica de la encrucijada”, brevísima ficción de una página que retoma el mito de la dama de blanco de las carreteras y lo asocia a nuestra vergonzosa realidad: la alta cantidad de violaciones y feminicidios impunes en Perú, cuyo taxista que no se detuvo a ayudar a la joven pelirroja puede simbolizar la cotidianeidad e indolencia con la que a diario se abordan estos temas. Similar nivel de denuncia aparece en “El nacimiento de la maldad” de Sarko Medina, en el cual un perro se transforma en monstruo para vengarse de los humanos por el maltrato sufrido a lo largo de su existencia.

Por otro lado, así como en “Reencuentro”, la familia es el eje del par de cuentos con mayores dosis de suspenso y angustia: “Amor filial” de Jim Rodríguez, donde un insistente niño descuartiza noche a noche a diversas víctimas para reconstruir el cuerpo de su madre (absolutely gore); y el drama de “Solo quiero un pedazo de carne” de Lenin Solano, en el cual un hombre mantiene a su esposa-zombie amarrada a la cama (¿alguien dijo horror erótico?) hasta que se libera e intenta comerse a su hija. Desoladora inmersión en el apocalipsis zombie, uno de mis temas favoritos.

En la misma sintonía solo que con tintes psicopatológicos, “La bruja de Benfirld” de Edison Mucha Soto narra las desventuras de un cura demente acusado de comerse a los niños de su pueblo. El tipo está encerrado en un manicomio y no para de repetir el nombre de la bruja a quien acusa de aquellos crímenes. No podían faltar los motivos de la brujería y la locura que redondean la muestra.

Para cerrar con un ensangrentado broche de oro penetrando tu piel, toca referirme a dos autores peruanos que van para íconos de nuestra narrativa de horror actual: Carlos Carillo, aka El viceministro sádico, aka El pitufo sodomita, aka ¡qué tal conchasumadre! Maldito autor del legendario, vetado e inhallable, Para tenerlos bajo llave (1995); y Carlos Saldívar, infatigable e inefable promotor de lo fantástico, el terror y la ciencia ficción en el Perú, y quien probablemente sea el único escritor peruano en haber sido publicado de manera constante en cuanta antología, revista o fanzine aparezca sobre el tema, aquí, allá y en el más allá.

En “La de la idiota sonrisa” de Carlos Carillo reaparece el motivo de la familia en la persona de una madre temerosa de la perdición de su hija debido a sus andanzas con una chica albina de “sonrisa maliciosa”. Lo alucinógeno empieza cuando la señora encuentra en el cuarto de la adolescente las estatuillas que adoraban en los rituales paganos realizados por ambas universitarias, y cuyas sesiones le serán reveladas a la madre mediante sus pesadillas frente a la televisión, antes de constatar que todas estas posiblemente fueron realidad.

Asimismo, la propuesta de “Simbología aberrante” de Carlos Saldívar muestra a un detective obsesionado con un oscuro horóscopo aparecido en un fanzine, el cual revela cómo sus seguidores, signo tras signo, han cometido al pie de la letra cada asesinato predicho allí. El final cómo no podría ser de otra forma, también incluye a la familia. Sin embargo, me quedo con una frase de este cuento que podría resumir la idea en conjunto de Tenebra, y no por nada fue escrita por su mismo editor: “¿Cuántas publicaciones que debieran ser prohibidas circulan en este corrupto país?” (pág. 146).

Aunque sea muy estimulante leer una obra tildada de prohibida, pese al exceso de gore y horror erótico dudo que este sea el caso de Tenebra, libro que se suma a las necesarias compilaciones peruanas sobre terror aparecidas en el último decenio, pero cuya particularidad reside en ser la demostración palpable de que lo fantástico sigue cosechando fieles cultores en las generaciones más próximas, sean de Lima y sobre todo de provincias, de quienes se esperan obras cada vez más aberrantes para beneplácito de aquellos que disfrutamos leyendo este tipo de atrocidades.

   

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