lunes, 4 de diciembre de 2017

Un cuento mensual: Mi nombre es (por Yelinna Pulliti)



I

Lima 2007

Mis compañeros ya sabían leer las señales, tan poco claras para el ojo no entrenado. Voy a morir de un momento a otro y ellos lo percibieron. En silencio, se alejaron.
Entre los seres abandonados de la calle es casi una norma dejar al moribundo en soledad. Es nuestra manera de evitar problemas con la policía.

Quedé solo en el mundo después que mis padres murieron. Sin hogar, amigos ni familia, me uní a los habitantes de la calle y me dejé arrastrar por sus costumbres malsanas. Luego de unos pocos meses, y tras una letal mezcla de drogas, yazgo abandonado en una sucia callejuela oscura, esperando morir.

Lo que más me aterra no es la muerte en sí, si no el saber que después nadie me recordará. Mis compañeros de miseria apenas pueden pensar, y el que uno de ellos muera hoy o mañana es algo que sucede con cierta frecuencia. Entre vagabundos no es costumbre recordar a los difuntos.

Voy perdiendo el conocimiento, intento no pensar en que pasé por este mundo sin dejarme sentir, sin haber dejado ni la más mínima marca, ni la menor huella de que alguna vez existí.

Poco a poco, me hundo en el silencio.

II

Al realizar mis tareas limpiando pasillos y baños, suelo tener oportunidad de observar y conocer otros lugares de la facultad menos concurridos, como los laboratorios, el crematorio o los salones de clase.
Esta vez la curiosidad me lleva hasta el salón de anatomía, vacío a estas horas de la tarde. En este lugar, los cadáveres son depositados sobre mesas de metal y cubiertos con sábanas amarillas. No sé con certeza cómo los traen desde la morgue, pero he oído historias de que bastan unos pocos días sin que nadie los reclame para que acaben en la facultad de medicina de cualquier universidad.

Apenas entro, hallo un cuerpo que no está tapado, así que me lo encuentro desnudo, con el cráneo aserrado y sin cerebro. Lo que más me llama la atención de él es su juventud y su buen aspecto. Se le ve sano, si se ignora el hecho que ya tiene las costillas cortadas y que alguien ha dejado unas pinzas de cirujano en su interior, junto a lo que pudo ser el bazo y la vesícula.

Casi adolescente, tiene un tatuaje en el antebrazo derecho. Observo su rostro con detenimiento. Sus dientes están amarillentos, posiblemente debido al formaldehido. Si se mira sólo su rostro, desde las cejas hasta el cuello, podría creer que duerme.
Un profesor me comentó en la mañana que los cadáveres que tengo frente a mí fueron traídos ayer. En otras palabras, es muy probable que apenas una semana antes, este muchacho estuvo vivo y respirando.

Sus ojos están entreabiertos y los contemplo buen rato. No tienen ni vida ni brillo. Es como mirar dos canicas sin lustre. Ahí ya no queda nada.

III

Estoy muerto pero aún no he partido. Ella me observa, me estudia. Ya es mayor, viste una bata azul y usa anteojos. Casi puedo leer su mente. Está enojada conmigo. Se pregunta qué fue lo que hice mal para terminar en el salón de anatomía de su facultad de medicina.

IV

—Grandísimo idiota —le digo en mi mente— ¿qué fue lo que te ocurrió, en qué te equivocaste tanto para terminar aquí, siendo más joven que yo, sin cerebro ni órganos, frío y muerto, sobre esta camilla de metal?
¿Quién te hizo esto?

V

No quiero pasar por este mundo sin haber dejado pruebas de mi existencia. No quiero ser una nada que vuelve a la Nada. Quiero que alguien me recuerde, que alguien sepa que estuve vivo, respiré, soñé y sentí, como cualquier ser humano.

VI

Me paseo entre los demás cadáveres, me detengo a mirar los recipientes donde los estudiantes han colocado los cerebros. Me pregunto cuál sería el suyo.

VII

Ella se acerca nuevamente. Me pone más atención de la que nunca nadie me puso cuando estuve con vida.
De alguna forma sé que mi espíritu no permanecerá mucho más tiempo en el mundo de los vivos. El hilo que me une a mi cuerpo se va deshaciendo en fragmentos de inexistencia.
Mi última compañía es la mujer de bata azul que me observa compasivamente.
Quisiera poder comunicarme con ella, decirle que aún estoy aquí, presente, y rogarle que no olvide al pobre muerto con el que se encontró un día, en un solitario salón de clase.
Mas ella no me ve, sus sentidos no pueden acceder al plano de realidad en el que me encuentro.

Entonces, desesperado, tiendo mis manos inmateriales y tomo entre ellas su mente, hundo mis dedos en sus pensamientos, clavo mis uñas sin materia en lo más profundo de su inconciente.
Voy deslizándome hacia donde deben ir las almas de los difuntos. Lentamente, me alejo de este mundo. Lo último que alcanzo a ver son las marcas que he dejado en su espíritu.

Tú no vas a olvidarme ¿verdad?
Mi nombre es…

VIII

Lo llamé Ronnie.
Le puse un nombre y en algún momento hasta he conversado con él en mi imaginación. Con un nombre es más fácil ponerle un poco de sentido a todo esto.
Aún no puedo olvidar esa tarde cuando lo encontré en el salón de anatomía, todavía me pregunto qué fue lo que le ocurrió para que muriera tan joven y tan aparentemente saludable.
¿Dónde estuviste antes de que encontrara tu cadáver? ¿Quiénes fueron tu familia, dónde estuvo tu casa, y tus amigos?

Después de aquel día vi muchos otros cadáveres, enteros o en pedazos. Vi cuando los encargados del salón de anatomía los cortaban con serruchos, o en plena clase, cuando les sacaban la piel. Vi esqueletos, cráneos, órganos, e incluso las dos tinas de metal, llenas de formaldehído, donde colocan a los muertos que llegan de la morgue.


Pero a pesar de todo ello, ninguno de los otros ha dejado tal huella en mis recuerdos. Han pasado ya diez años y, de vez en cuando, Ronnie vuelve a mis pensamientos, como si fuera un viejo amigo, o mejor dicho, como algo que existe en un rincón inamovible de mi memoria.

Lima 2017

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