domingo, 18 de febrero de 2018

Un cuento mensual: Abnegación (por Tania Huerta)


La luz tenue del bar titilaba sobre su cabello rojo mientras el sonido de las copas, botellas y conversaciones incoherentes se escuchaban como un sueño torpe.

Ella cruzó las piernas acomodándose en un alto banquito junto a la barra y su falda se levantó hasta que casi se pudo ver la unión de sus muslos con  el nacimiento de sus redondas nalgas.

Cogió una copa con un verde licor y la llevó a sus labios. Una gota cayó en el nacimiento de sus senos y corrió por el camino que se formaba entre ellos. Miró a la gota fastidiada, siempre le pasaba, era el castigo por tener esos pechos tan grandes. Con un dedo la recogió y se la llevó a la boca sacando su suave lengua para saborearla.

No era consciente del espectáculo que realizaba para quien la mirara. O tal vez sí.

Debía llegar con comida para los niños, dependían de ella y no había sacrificio imposible para ayudarlos.

Se dispuso a buscar a algún incauto y, ya envalentonada por el alcohol y aquellos cigarros que daban tanta risa, caminó por aquel lugar lleno de mesas marchitas.  Su vestido de seda verde se pegaba a su cuerpo que se contoneaba con cada paso y su cabello rozaba su cintura como los dedos de un amante lascivo.

Delante de ella, distinguió unos ojos ladinos que la admiraban. No dudó en acercarse, se sentó al lado de ese hombre y, sin quitarle la mirada, sacó un cigarrillo y lo posó sobre sus labios pintados del más profundo rojo. Esperó.

Su invitación fue aceptada y el hombre encendió el pitillo. Una bocanada de humo salió de su boca entreabierta y cubrió su rostro de sílfide.

Las copas fueron y vinieron sin que se dieran cuenta de los vuelos que el minutero daba alrededor de los dos.

Ella, acostumbrada cada noche a beber para olvidar el cómo y solo recordar el porqué de lo que hacía, aguantaba los toqueteos perversos, los besos babosos, las palabras ofensivas de aquel hombre que, atraído por su moral inexistente, se acercaba para satisfacer sus deseos más bajos.

Ya entrada la madrugada se dispusieron a salir para dar rienda suelta a la negociación carnal. Él quiso entrar a un motelito de mala muerte, de esos en los que el baño es compartido por mil almas tal vez más perdidas que la de ella misma; sin embargo, no lo dejó. Tenía un lugar propio donde, hasta lo que era posible, se sentía más cómoda desarrollando su labor.

Al fin llegaron. Los niños dormían, todo era por ellos, para que  aquellas bocas comieran y no lloraran de hambre como ya lo habían hecho anteriormente. Ella no soportaba la idea de verlos de nuevo en la calle, muertos de frío y con ansias de llevarse algo a la boca. 

Entraron por la cocina al pequeño cuarto acondicionado para estos menesteres. Una desvencijada  cama de vieja madera los aguardaba.

Él entró y se dejó caer pesadamente sobre un colchón que apenas lo sostuvo, luego jaló la pequeña mano de ella e hizo que su acompañante cayera torpemente sobre su rechoncho cuerpo. Sus manos sedientas de sexo la tocaron lascivas por cada parte que encontraron. Ella, asqueada, fingía unos gemidos que lo llevarían al éxtasis y, por ende, a perder la conciencia de la realidad.

Sólo era cuestión de aguardar. De esperar y aguantar un poco, un poquito más…sus besos inmundos, su lengua repulsiva, sus manos obscenas hurgaban cada deseada parte de ella. 

La enajenación llegaba al fin, la agitación del cuerpo porcino de aquel hombre, sus jadeos animales, y, la saliva que caía de su boca y que ella esquivaba como podía, lo delataban y presagiaban que él estaba a punto de consumar el acto.

Todos esos movimientos salvajes la llenaron de la furia que necesitaba. Metió la mano bajo la cama y sus dedos tantearon el suelo hasta encontrar el mango del arma. Sintió la madera suave abrazada por su mano, aquella madera salvadora y liberadora.  La empuñó con toda la fuerza contenida en su aún joven cuerpo, con todo el odio almacenado en años de impotencia y asco.

El fierro del fuerte martillo le reventó la cabeza y la abrió.  Los sesos salieron y se deslizaron por lo que alguna vez fue su frente, cayeron sobre los ojos y llenaron  la cuenca vacía de uno de ellos, mientras el globo ocular rebotaba en su rostro por el impacto.

El hombre aún no había muerto. Ella siempre cuidaba que sus víctimas no muriesen al instante, solo deseaba que estuvieran a su merced, sin poder defenderse para gozar al ver su agonía, ese medio camino entre la vida y la muerte que se iba colando por cada seso y hueso caído entre pequeños ríos de sangre, espesa y roja, que se mezclaban con la saliva y el humor acuoso del ojo reventado.

Disfrutaba de aquel vaivén del cuerpo vacilante y sangrante, atrapado en la decisión de morir de una vez.   El ojo colgando le daba un aire ridículo,  parecía un adorno navideño suspendido de la rama de un pérfido arbolito.  El tipo intentó pararse de la cama y cayó de rodillas mientras los sesos caían entre sus dedos regordetes. La miraba con el único ojo y levantó una mano tocándose la cabeza abierta. Sus dedos entraron hasta el cerebro palpitante y un sonido animal salió de su deforme boca. Era un quejido escalofriante que helaría la sangre hasta al ser más vil.

Se acercó a él blandiendo el martillo, lo levantó reflejando en su mirada su sádico placer. El infeliz trató de cubrir su rostro para impedir lo inevitable. El martillo se hundió en el otro ojo, cegándolo, y luego cayó una y otra vez mientras la sangre caliente salpicaba al piso y paredes creando obras de arte entrañables.

El hombre babeaba ya desfalleciente, su cuerpo temblaba en espasmos que sacudían sus miembros inertes. Ella lo tomó de uno de los brazos y con gran esfuerzo lo arrastró hacia la cocina. Era más la excitación y el deber que su propia debilidad. Movía la cabeza tratando de mirar a través de las cuencas sangrantes.

Ahí estaba la moledora brillante, siempre limpia. Reflejaba cómo ella iba acercándose con la carne del día. Era la herencia de su madre que le había dado el mismo uso.

Como pudo sentó al hombre en la silla más cercana de la pequeña mesita, jaló el mismo brazo y con cuidado de cirujano metió los gordos dedos en la boca de la antigua moledora de carne que, afilada, esperaba su alimento.

Dio vueltas a la manija que movía las cuchillas, que cortaban y molían la carne que se les ofrecía. Estimulada por los quejidos sordos del hombre, que le demostraban que aún sentía un ápice de dolor,  hacía esfuerzos por darle vueltas a la manija para lograr moler músculo y cartílago.

Por el otro extremo, pequeños gusanos rojos y jugosos salían en un pequeño y primoroso plato decorado con diminutos gatitos rosa. Lo iban llenando hasta que se rebalsaba sobre la mesa. Había que sacar las uñas que habían quedado enteras. Los dedos fueron fáciles, los brazos se mezclaron entre el rojo del músculo y el blanco del cartílago formando gusanitos bicolor.

Ella se preguntaba hasta dónde tendría que moler de él para que finalmente muriera. Faltaba poco y sus quejidos se iban apagando. Al llegar al codo, tomó el machete y cortó el brazo. El codo no se podía moler. Tendría que cortar el cuerpo en trozos.

Ese gordo le serviría para algunas semanas.

Los niños despertaron por el ruido y el olorcito de la sangre fresca. Se acercaron asomando sus caritas curiosas y sus grandes ojos brillaron al contemplar sus platitos llenos de fresca carne.

—A comer mis niños —avisó la hermosa pelirroja con el vestido de seda verde pegado a su cuerpo, no solo por su voluptuosidad, sino por la sangre y el sudor impregnados. Se agachó y dejó los platitos sanguinolentos en el piso de la cocina como la más afectuosa madre.

Los niños se acercaron presurosos, humedeciendo sus boquitas en la carne recién molida y agradeciendo a quien la traía para ellos con los más amorosos maullidos. 

***

Tania Huerta. Su cuento «GatoGallo» fue publicado en la Revista Virtual de El Círculo de Lovecraft (2017), también publicó el cuento «El Pelado Jairo» en la antología Horror Queer de Editorial Cthulhu (2018). Su cuento «Orgasmo» y su poema «Snuff» fueron incluidos en la antología virtual San Valentin Oscuro (2018). Es dueña del Blog Pies Fríos en la Espalda (www.piesfriosenlaespalda.blogspot.pe)

6 comentarios:

  1. Digna creación de una GORE QUEEN.
    SUBLIME.

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  2. No hace mucho vi un corto con esta temática pero tú lo has detallado casi al dedidillo haciéndolo mucho más inquietante. Y pregunto, qué no haría una madre por sus criaturitas...

    Muy buen relato y un placer poder leerte.
    Saludos.

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  3. Uno de los mejores cuentos que te he leído, única a la hora de dotar de extrema belleza a escenas realmente terroríficas y sangrientas, tu marca es esa; un perverso deleite, siempre es un placer leerte, Tania.
    Abrazo, compañera. ;)

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  4. Manejas muy bien las pausas, sabes entregar la trama de a pocos, denotando en la misma escritura la mentalidad latente de aquella musa sangrienta. Tu estilo es envidiable, te depara mucho por delante, ¡sigue deleitándonos con tu arte!

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  5. Impactante relato. Hay un evidente equilibrio entre la “porción real” y una fantasía devastadora, digna de los casos más sórdidos del “hampa patológico” escenario donde la razón y la enfermedad se funden.
    Muy bueno, bien plasmado y ante todo, fácil de leer y de aprehender al lector hasta la conclusión final. (También inesperada)

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  6. Impactante! Como todo lo que escribes.

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