domingo, 9 de julio de 2017

Un cuento mensual: El zoológico ya debe estar cerrado (Rodolfo De La Riva Cachay)


se acercó desde la página remota
y me dijo en secreto:
«aún estoy herido de muerte».

Eduardo Chirinos 

No muy lejos de malecón de San Miguel, mi hermano todavía tiene un departamento vacío. Hace algunos años vivió allí junto a su novia, una joven bonaerense de nombre Matilde Rojas. Hasta el día de hoy, no le he conocido una pareja tan infame como Matilde.
Una vez me invitó a cenar al departamento. Moría porque congeniara con ella, pero a mí me costaba mucho mirarla a los ojos. Era desequilibrada y también exótica. Alta, con muslos redondos y un cuello flaco, senos no muy grandes, pero en punta, que le daban cierto caché, cierta elegancia atractiva de artista de cine europeo. Aquella vez comí rápido y en silencio. Me abrumaba que mi hermano no parase de hablar sobre cómo se conocieron. Un concierto de bossa nova o algún asunto por el estilo. De pronto ella dejó caer al piso un par de platos con verduras y, dándole un sutil manotazo a la mesa, sentenció que la comida había terminado.
Mi hermano y yo nos mantuvimos quietos, como descifrando qué debíamos hacer en aquel momento, hasta que pasaron unos segundos y Matilde sugirió destapar un par de botellas de vino. La situación mejoró, eventualmente, porque el alcohol le golpeó primero a ella. Su ánimo había cambiado; incluso empezó a contar algunas anécdotas y chistes, cuando soltó algo que me dejó atontado. Mencionó que podía hablar con cualquier animal si tocaba su frente con el dorso de la mano. Mi hermano parecía distraído y no hizo ningún gesto en especial. Puede ser que ya se lo había escuchado antes, no sé; pero yo me esforcé mucho para no burlarme. En este tipo de situaciones el alcohol suele engañar las percepciones de lo que uno realmente está haciendo. Lo sé porque de todos modos Matilde me miró muy enfadada, como si quisiera volverme una cucaracha. Entonces me retó a que la acompañara al zoológico a la mañana siguiente para que comprobara sus poderes con un mono o un cocodrilo.
Hoy por hoy, aún no sé si hablaba en serio. Para mí Matilde solo era la novia de mi hermano y eso bastaba para evitar cualquier tipo de trato. En el fondo, me caía muy mal, pésimo, y no quería rechazar la posibilidad de demostrarle que era una mujer detestable; sin embargo, al final, decidí mantenerme al margen. Tal vez, si a la mañana siguiente hubiésemos ido al zoológico, la historia ahora sería distinta.

En aquella época mi hermano estaba enamoradísimo.
Su nombre es Mauricio y es ciego desde los dieciséis. Como a todos los ciegos, no le gusta que lo traten distinto o que le hablen sobre su discapacidad. Me resultaba paradójico que se haya enamorado de alguien tan llamativa como Matilde. Ella era calculadora y fría y hermosa. Mauricio, en cambio, es de esos tipos distraídos que escucha música recostado en su cama o en el sofá y que después de un rato le aborda un vértigo tremendo por salir. Él tiene su rollo personal. Casi no anda con amigos y a veces reflexionaba sobre ocurrencias del tipo: ¿estarán aún las calles dónde las dejé? ¿habrá la posibilidad de que vuelva a ver los colores? Nunca supe muy bien qué le pasa por la cabeza cuando esta así de nostálgico. Pero siempre ha sido un tipo correcto, como para ponerlo en un pedestal. Yo aún le digo en broma que es el último romántico que queda en Lima, a lo que él se sonroja, pero ni siquiera lo puede notar.
A la hora del sunset, Mauricio solía convencerme para que lo llevara en el Dodge a pasear por el malecón de San Miguel. Allí nos deteníamos para prender unos cigarros y al rato me preguntaba de qué color estaba el cielo. Incluso podía preguntármelo entre quince a veinte veces seguidas. Sé que no lo hacía para molestarme; sin embargo un día me cansé de repente. Se me ocurrió contarle que dentro de las tonalidades del color naranja que existían, había un color nuevo que se llamaba «ocaso». Y desde entonces solo atiné a responderle que el cielo estaba de color «ocaso». 
Frente al malecón pensé más de una vez que Mauricio no merecía tener a Matilde como novia. Ella era, tal vez, la mujer más atractiva que había estado con él, pero aun así no valía la pena tenerla de pareja.
Por decir un ejemplo, la misma noche que rechacé acompañarla al zoológico me preguntó discretamente:
—¿De qué signo sos?
Leo.                                                                                                  
Mira vos, ahora tiene sentido —tomó una pausa para mirar a mi hermano como si él tuviera la culpa de no habérselo mencionado antes; pero Mauricio, evidentemente, no atendió a la mueca que le hacían—. Cuando mañana vaya al zoológico, voy a hablar de vos con el león. Se llama Illapa. Él va a saber qué hacer con vos.
Tuve algo de miedo por un momento. Sentí, de alguna forma, que esa mujer me acababa de lanzar un embrujo. Solo atiné a sonreírle y a soltar la primera excusa que se me ocurrió para irme. Me despedí de Mauricio con un beso en la frente. Al recoger mi saco había visto la hora en mi muñeca. Era más tarde de lo que hubiese querido. Volví a despedirme y salí apresurado.
Apenas cerré la puerta, volví a oír el sonido de un plato romperse.

Me enteré después, por alguna de esas llamadas largas que me hacía un tío cercano, que desde la escenita de la invitación a cenar, Matilde exigió que Mauricio la acompañara al zoológico. La rutina exigía que mi hermano la acompañara en su trajín al menos tres veces por semana, siempre en la mañana. A mí me pareció justo ya que yo, casi siempre, lo llevaba al malecón, siempre por las tardes. Así era mucho mejor. La separación de horarios evitaba que me cruzara con la novia loca de mi hermano y por lo tanto evitaba que podamos discutir.
Estaba claro que esa mujer tenía metido en la cabeza que podía hablar con los animales y nada ni nadie habrían podido cambiarle de parecer. Es verdad que me dio un poco de curiosidad por el león. Alguna vez me enseñaron en clases de antropología que Illapa era el dios del clima en la mitología Inca y que, cada cierto tiempo, desde la Vía Láctea, Illapa lanzaba rayos y lluvia y truenos que guardaba en una jarra de adobe. Me parecía rarísimo que alguien en el zoológico nombrara así a un animal. De todos modos, la curiosidad se fue a los días y todo volvió a su lugar.

Tuvo que pasar un otoño y medio invierno para volver a cruzarme con Matilde.
Ella caminaba por el malecón de San Miguel fumando un cigarro. Yo estaba recostado sobre el Dodge junto a Mauricio, repitiéndole que el cielo era de un naranja «ocaso»; aunque la verdad es que el atardecer en invierno es un tono de naranja mucho más gris que en verano. No sé el nombre técnico del color. Al vernos se detuvo y se quedó mirándome, como si estuviera descifrando un jeroglífico. Quise saludarla y decirle con un gesto que, si quería, le pasara la voz a Mauricio; pero ella colocó rápidamente el dedo índice sobre sus labios y me llamó con la mano. Me separé de Mauricio con sigilo y caminé hacia ella con la excusa de que me pareció reconocer a un viejo amigo a lo lejos. Al saludarla, Matilde me presionó suavemente del brazo y susurró: «por favor acompañame al zoológico ahora». No recuerdo exactamente qué le respondí, solo sé que me tomó desprevenido. Traté de manejar la situación y volver al coche educadamente, aunque en el fondo, quizás sentía miedo. Le expliqué que, a esa hora, el zoológico debía de estar cerrado. Luego regresé con Mauricio. Ella se marchó en sentido contrario, pero antes de darnos la espalda, me miró como si estuviera encogiéndome con la mirada. No le hice caso. Intenté actuar como si nada me hubiera pasado y seguí mencionándole colores al azar a Mauricio. Le conté que el pasto del malecón era de color espárrago y que el océano de color zafiro y que las nubes, a esa hora de la tarde, se estaban oscureciendo, gris y marrón, como el abdomen de una cucaracha.
Tal vez me sentía del tamaño de una cucaracha.

Convencí a Mauricio para ir por unas cervezas después. Tomamos un six pack de Pilsen sentados en el Dodge, solo escuchando una emisora que ponía rock en inglés muy pasado de moda. Había anochecido tan rápido que sentí un vértigo en el estómago. Apenas eran las 6:30 y el frío ya se colaba en la cabina del auto. Después de las botellas Mauricio se sintió un poco mareado y me pidió por favor que lo llevara de vuelta al departamento, que tenía algo de sueño y que quería estar a solas con su mujer (así lo dijo, «su mujer»). Nos quedamos en silencio todo el camino de regreso.
Al llegar, confirmé que Matilde no estaba y se lo dije a Mauricio con un tono de excusa, algo patético, que no ameritaba. Él se disgustó un poco, pero luego dejó que lo guiara hasta su cama. Encendí la tele en el canal de noticias para que se distrajera un poco. Ya puedes irte, me dijo, mientras le cubría los pies con una manta. Deja la puerta abierta, por favor, quiero oír a mi mujer cuando llegue.
Salí del cuarto un poco mareado, me había venido un frío terrible, cuando encontré esta nota pegada con cinta a la puerta:

Entendé que Illapa está herido de muerte y quiere hablar con vos. Por favor. No aguanta una noche más. Vení conmigo al zoológico. Es urgente que me acompañes.
Matilde

Vi a mi hermano hundirse lento sobre el colchón con la mirada clavada en el techo. Nada en sus gestos me hacía creer que sospechaba que sabía de la nota de Matilde. Salí asustado. Debo de haberme quedado varios minutos sentado en la escalera interna del edificio. La imaginé encapuchada, esperándome en la puerta del zoológico. Pensé en ir, pero ya eran muy tarde y no había forma de entrar. Lo único que sabía era que necesitaba otro trago, así que me fui a un bar de la Marina donde iba cada vez que quería olvidarme de alguna angustia. Aún era muy temprano como para que hubiera alguien. Solo atendía un mesero viejo que me conocía de vista y que me ofreció un cigarro. No tuve ganas de fumar en ese momento y le dije que prefería secarme una cerveza viendo la  tele. Me ubicó en un lugar a la esquina dejando el control remoto sobre la mesa. Yo estaba en realidad nervioso, así que me embriagué muy fácil. Rápido y en silencio. Andaba viendo el noticiero con algo de desconcierto.
 Al rato pasó. Una horda de reporteros aglutinándose frente a las rejas del zoológico para cubrir una nota en vivo. Alguien acababa de morir allí, pensé. No quise ver más y apagué la tele antes de que algún reportero dijera algo importante. En ese momento solo deseé que Mauricio estuviera durmiendo.

***
Rodolfo De La Riva Cachay (Lima, 1991) Estudió para ser abogado. Desde hace un tiempo que trabaja en un banco. Mientras tanto sigue escribiendo narrativa y poesía, incluso concursa de vez en cuando en algún lado, aunque no tiene mucha suerte. Digamos que espera su momento.

miércoles, 5 de julio de 2017

Tenebra ya se encuentra en librerías

Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror, compilación de cuentos realizada y prologada por Carlos Enrique Saldivar, ya se encuentra a la venta en librerías de Lima a S/. 25.00. La presentación de este libro se realizará el sábado 29 de julio a las 2:00 p.m. en el auditorio Abraham Valdelomar en la Feria Internacional del libro de Lima. Fernando Honorio y Helen Gárnica acompañarán al compilador con sus comentarios. 


Esta es una muestra de literatura peruana contemporánea donde encontraremos historias que se insertan dentro del terror, el horror y el gore. Los autores seleccionados son Liliana Flores Vega, Jim Rodríguez, Carlos Carrillo, Jorge Casilla Lozano, Sarko Medina Hinojosa, Yelinna Pulliti Carrasco, Edinson Mucha Soto, Tadeo Palacios Valverde, Carlos Trujillo Ángeles, Gonzalo del Rosario, Marcia Morales Montesinos, Julio Cevasco, Lenin Solano Ambía, Glauconar Yue, Jeremy Torres-Montero, y Carlos Enrique Saldivar. Consulta todos los lugares de venta en este mapa:


viernes, 30 de junio de 2017

La segunda edición de Hechos Desconocidos ya se encuentra en librerías

Después de que se agotó el primer tiraje de Hechos Desconocidos de Jim Rodríguez en solo dos meses, hemos preparado la segunda edición de este libro para la Feria Internacional del libro de Lima 2017 y ya se encuentra disponible en las librerías El Virrey de Miraflores, Sur, Contracultura, Communitas e Incabooks.



Este libro contiene ocho cuentos de terror sobre entidades que conviven en esta realidad y atormentan a aquellos que tienen la desdicha de cruzarse en su camino, podremos encontrar seres como demonios, súcubos, vampiros energéticos y otras abominaciones siniestras. El autor logra transmitir el horror que viven sus protagonistas, consiguiendo que experimentemos la misma angustia. Hechos desconocidos promete convertirse en una referencia de la literatura de terror.

jueves, 22 de junio de 2017

Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror


Selección: Carlos Enrique Saldivar
Género: Cuento
Subgénero: Terror, horror, gore
Edición en papel
País: Perú
Año: 2017
Páginas: 173
ISBN: 978-612-47058-6-1
Precio S/ 25
Lugares de venta: ver mapa
Autores
Liliana Flores Vega
Carlos Carrillo
Jorge Casilla Lozano
Sarko Medina Hinojosa
Yelinna Pulliti Carrasco
Edinson Mucha Soto
Tadeo Palacios Valverde
Carlos Trujillo Ángeles
Gonzalo del Rosario
Marcia Morales Montesinos
Julio Cevasco
Lenin Solano Ambía
Glauconar Yue
Jeremy Torres-Montero


Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror es una compilación de dieciséis cuentos de literatura peruana contemporánea, cuya selección y prólogo fue realizada por Carlos Enrique Saldivar. Estas historias se insertan dentro del terror, el horror y el gore. Varios temas se dan cita aquí: lo obsceno, lo tétrico, lo pavoroso, lo sobrenatural. En estos relatos conviven criaturas como monstruos, fantasmas, parásitos, brujas, que acompañarán al lector en un viaje cuyos senderos transitan lo macabro y lo inconcebible.

Este libro es una travesía hacia lo prohibido, hacia lo desconocido, que lo llevará a sus propios miedos, a sus deseos y sentimientos malsanos. La inquietud, la perturbación y el espanto se dan cita en esta obra, la cual confirma que nuestras letras dominan el arte de lo oscuro.





lunes, 5 de junio de 2017

Un cuento mensual: España, cáliz eterno (Luis Bolaños)


He querido rendir un breve y tardío homenaje a tanto(a)s combatientes republicanos que siento fraterno(a)s y cercan(a)s, el pasado no puede cambiarse, pero podemos con nuestro género soñar por un momento con circunstancias distintas, motivo por el cual elegí una persona cuya vida me impresionó cuando la leí, lo demás fue fácil, aquí el resultado:

Me preguntas ¿qué propósito oculta esa mano momificada sobre mi ordenador? Te contaré un fragmento biográfico para explicarlo:
Cuando por fin quedo lista la Máquina Temporal que solo pudo usarse una vez, ya que las ecuaciones señalaban que la pérdida de algunos gramos en nuestra dimensión para la transición perfecta sería a cambio de algunos gramos de allá para que fuera armónica... y no fue así.
Recuerdo que me preguntaron, cómo su inventor, si en mis reflexiones había seleccionado qué momento de la historia quería visitar para torcer los acontecimientos y mejorar la vida terrible que llevábamos cargados con los errores cometidos y las vilezas practicadas a través de los siglos, con un planeta agonizante y hordas asesinas que recorrían cada paraje para sobrevivir aniquilando. Proferí en seguida: España 1936, y argumenté que si deteníamos a Franco las fuerzas del mal tendrían que poner sus barbas en remojo y el mundo florecería distinto; yo mismo viajaría porque mi condición física era cercana a lo inefable.
Y si me interrogaban sobre el instante preciso de la intervención, lo tenía también. Sería en el frente de Somosierra, cuando trascurrían los primeros días de la guerra civil; las tropas de Franco asediaban Madrid y ambos contendientes sabían que sería una batalla decisiva; miles de jóvenes españoles ponían sus existencias a disposición de la república, para defenderla y así salvaguardar al mundo de las vicisitudes que lo asolarían si el fascismo conseguía sus propósitos, mozos y mozas marchaban a las trincheras con la convicción de ser representantes de la propia humanidad, destinados a impedir el horrible plan de aniquilación y muerte que pretendían los golpistas y sus aliados nazis y fascistas.
Finalmente, la persona sobre la cual giraría el Pilar de Jonbur para evitar la hecatombe civilizatoria, prosperaría en el cuerpo de Rosario Sánchez Mora, la “Dinamitera”; el plan era simple: nos obligaba a impedir que lanzara la bomba de práctica que al estallar le arrancó la mano, o por lo menos que no le explotara al lanzarla, pero la correspondencia entre tiempo y materia implicada debería respetarse y conservar su paridad entrópica y poética, ya que tampoco podían perderse las estrofas de Miguel Hernández dedicadas a la guerrera en su poema, y por lo tanto ni la mano permanecer pegada en su antebrazo ni la creación poética escamoteada; en ese punto ingresaba yo, así que para intervenir y salvarla de la deflagración, la atacaba disfrazado de moro, ataviado con un uniforme de las tropas africanas y se la cortaba antes de ingresar al vórtice que me devolvería a mi época (eso si tras dejar representados en un trozo de carne extraída de nuestras cubas de proteìnas, los gramos correspondientes a su mano), y aunque nos salvamos y la situación ya no es tan grave como para extinguirnos, ocurrió un percance.
Rosario sin duda era valerosa y peleó duro, me costó cumplir con mi tarea pero lo que no podía imaginar era que faltaría peso (o sobraría qué más da, según el momento desde el cual se observara) para que funcionara el equilibrio entre las puertas temporales y que esos gramos que provocaron el desbarajuste me los cobrarían a mí: por ese motivo la mano está agarrotada, porque en su puño quedaron apretados mis testículos y, la Máquina Temporal no se pudo utilizar otra vez.

***
Luis Bolaños (Cartagena de Indias, 1950) Sociólogo pero no fanático dedicado a la educación ambiental y comunitaria, gestión  de riesgos, prevención de desastresy psicobiología. Amante de la CF, el terror y la fantasía docente universitario a ratos y a otros ejecutor de EIA, PAMA y similares. Me acompañan en la singladura de la vida Ana María, mi bella compañera y mis hermosos hijos Arcadio y Leonardo.

sábado, 27 de mayo de 2017

Descarga nuestros wallpapers

En Torre de Papel procuramos que las caratulas de nuestras publicaciones impresas tengan imágenes extensas que recorran las solapas, la contratapa y la tapa del libro, de esta forma buscamos explotar el concepto de cada título y que quede en el imaginario de nuestros lectores. 

Hemos utilizado el arte de cada título para crear wallpapers que podrán ser descargados gratis en resoluciones 1600x900 px, 1366x768 px., 1280x720 px y 1024x576 px.

Tenebra: muestra de cuentos peruanos de Terror

Compilación de lo mejor de la literatura peruana contemporánea de terror, prólogado y seleccionado por Carlos Enrique Saldivar. Muy pronto estará disponible en la Feria Internacional del Libro de Lima 2017.


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Hechos desconocidos de Jim Rodríguez

Ocho cuentos de terror sobre entidades que conviven en esta realidad y atormentan a aquellos que tienen la desdicha de cruzarse en su camino.


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El planeta ovidado II. La resistencia de Carlos Echevarría


Segunda novela de la saga literaria El planeta olvidado. La Federación ha perdido la batalla en Sigmator y las naves que sobrevivieron regresan a sus planetas. Ahora deberán resistir el ataque de sus enemigos. Mientras tanto, los seleccionados terrícolas tendrán que enfrentar nuevos problemas políticos en la Tierra, ya que los jefes de estado quieren sacarlos de sus cargos.



La galaxia escarlata de Carlos Echevarría


Es el año 1940 en la Tierra y los humanos desconocen la existencia de civilizaciones extraterrestres; sin embargo, existe una alianza de planetas conocida como la Federación Organizada del Universo Descubierto (FOUD) que se enfrenta al Imperio Toriano en una guerra que se extiende en toda la galaxia Molinillo Austral.


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martes, 2 de mayo de 2017

Un cuento mensual: Zambo (Mario Bravo Larrea)



Escucho el rumor hace casi tres días, aún no se escucha ruido en la porqueriza donde comparte espacio con animales de carga y el caballo del amo. Sus piernas tienen marcas de azote y sus manos las señas de un esclavo traído de las minas de Potosí. Le llaman zambo, pero su nombre ningún blanco lo pronunciaría para evitar la vergüenza de saberlo. Tiene una cadena atada al pie izquierdo y sus ojos permanecen atentos a cualquier súbita intromisión de su poca privacidad a esta hora de la madrugada. En su mano izquierda tiene lo que parece un cubierto de mesa anormalmente afilado. Lleva casi tres horas limando su cadena, sabe que al despertar su amo revisará, como todas las mañanas, la perfecta forma de su atadura de metal. El sonido que hace al frotar ambos metales es agudo y bien hace al detenerse cada ciertos segundos para verificar que el mundo a su alrededor sigue ajeno. Zambo nació con otro nombre, alguna vez su madre le amamantó pronunciado aquel que casi hoy no recuerda. Tres días atrás, mientras ayudaba a su amo a subir a su caballo utilizando su espalda como silla, escuchó el rumor de que al amanecer del día de hoy llegarían los rebeldes.
Algo de esa palabra le gusta, recuerda aquellos azotes en la mina donde le gritaban «zambo rebelde», al tiempo que le abrían en las espaldas surcos de sangre que hoy han dejado cicatrices. Hace tres días que piensa en esos insurrectos, los idealiza y en su visión son negros como él y tienen la fuerza de mil caballos. En tanto, sigue buscando romper sus cadenas o al menos hacerles el suficiente daño para permitirle zafar aquel pie izquierdo mugre y lleno de callosidades. Jamás ha usado zapatos, la planta de sus pies ha formado una dura capa de piel, tiene por vestido unos harapos que no lo cubren bien. De entre los esclavos, Zambo es el más rebelde, es fuerte y los años como cargador en la mina le dejaron la fuerza de tres hombres. En la ciudad donde se localiza la porqueriza que da refugio esta noche a Zambo, hay cientos como él. Sin embargo, él es único. A él lo aíslan del resto porque temen pueda contagiar su rebeldía a los demás.
En medio de los sonidos agudos, Zambo se detiene al presentir que algo ha cambiado allá fuera. De afuera entra el sonido de una carreta que pasa a toda velocidad. Zambo parece sentir como la sangre se le enfría por el terror que siente de imaginar ser descubierto intentado una vez más escapar. Ya siete veces que ha intentado romper sus cadenas, y en todas las veces los finales siempre fueron dolorosos. Pero sabe bien que no habrá solo un castigo esta vez, sabe bien que le quitarán lo más preciado: su propia vida. Ha visto irse al otro mundo a hermanos suyos por menos razón que intentar escapar. Y, sin embargo, él aún sigue con vida. Los amos, en toda la repulsión que les causa, le daban el uso más duro en la hacienda: el de esclavo del abuelo-amo. El esclavo detesta al abuelo, y lo hace muy dentro de su ser porque se sabía que el anciano era una persona abusiva y sin alma. El senil caballero es noble y tiene derechos absolutos sobre la vida y la muerte de sus inferiores. Cada día al servicio del anciano era una sucesión de golpes y patadas malintencionadas. El venenoso anciano gozaba del dolor ajeno, en su bestial razonamiento Zambo era su inferior. Por esta razón Zambo le odia tanto.
Mientras la carreta se pierde en la distancia y su sonido se disipa, Zambo sigue forjando su puerta a la libertad. Los metales chocan y aunque su fuerza parece reducir, sigue impetuoso imaginando las posibilidades. De pronto, el caballo del amo relincha fuerte. El pánico le invade nuevamente, podría alguien haberlo escuchado. Aquella bestia parecía estar avisando que Zambo escapaba. Sus labios hacían un sonido ininteligible buscando calmar al animal privilegiado. Incluso la comida que le dan a Zambo lo diferencia del equino. Zambo recibe de la cocina de la servidumbre una vez al día las piezas menores que ningún amo osaría probar por miedo a ser mal visto.
No le gusta la idea de ser descubierto una vez más, pero piensa que si sucede de esa manera, esta vez no sobrevivirá. En parte siente una pisca de alegría porque el dolor del abuso se terminaría así, sin embargo, también siente dolor. Dolor de dejar atrás tantos anhelos incumplidos. Zambo tiene sueños, alguna vez escuchó que lejos de esta ciudad de amos, un país nuevo había surgido en el sur. Sabía que ahí no había nobles y que todos eran tratados como iguales. Escuchó de aquel país llamado Argentina y pensaba que quizás podría escapar allá. No tenía ni idea de cómo llegar, la visión misma era la de un paraíso terrenal. Se ha propuesto, de ser necesario, robar el caballo del amo, aunque sabe que eso es peor que solo escapar. Aquel caballo que parece su enemigo haciendo ruidos con su relincho, tan solo es un potro joven de no más cuatro años. Su melena es negra y sus patas son anchas como todo caballo andaluz heredero de la sangre salvaje de las cruzadas. El caballo tiene un nombre, el anciano le llama Chelo.
En la porqueriza, además, hay dos cerdos y jaulas vacías donde antes había gallinas. Hacia un tiempo que estas fueron, una por una, a la mesa del amo. Zambo vio esos huesos ser devorados por los grandes cerdos. Zambo agarró cierto aprecio por esas gallinas, le agradaba acariciarlas cuando podía. El esclavo sueña con su libertad en esta vida o en la otra. No entiende como pueden ser tan crueles y abusivos, no comprende como los amos pueden llegar a lastimar tanto a sus hermanos y hermanas. Ser esclavo es ser parte de una nación olvidada, una nación perdida como esa que escapó de Egipto hacia tanto tiempo. Sabe un poco de eso, porque escucha atento los domingos el sermón de la iglesia donde se congregan los amos. Escucha domingo a domingo las mentiras que dicen en voz alta desde aquel lugar donde se reúnen los seres más abusivos que habitan esta ciudad. Alguna vez escuchó que Lima era la ciudad de los reyes, pero jamás ha visto uno. Sabe que hay un rey, y ha escuchado que es un hombre gordo y que devora el oro y toda riqueza de la gente, sin importar que sean negros, blancos o mestizos. Alguna vez vio de lejos al real oidor, un hombre que juzgaba y condenaba. Tanto miedo le provocan los nobles que alguna vez prefirió tirarse a un río antes que cruzarse con uno por el camino. Pronto un ave parece asentarse en el techo de paja, siente sus pasos y eso le avisa de que la madrugada esta pronta a llegar. Aquellas criaturas solo salen de sus nidos cuando clarea la mañana. La porqueriza es un lugar muy oscuro, el suelo esta mugre y Zambo siempre procuró permanecer seco en las noches durmiendo sobre la paja que alimenta al caballo. Poco a poco, en el transcurrir de esta noche, su grillete parece haberse separado lo suficiente para permitirle intentar soñar con su libertad. Pasan los minutos y la cadena se separa más poco a poco. Ya tan solo le falta un poco más.
«Chelo, ¡despierta, caballo valiente, qué ya vienen los rebeldes!» Zambo reconoce esa gruesa voz. Es el amo.
La cadena notoriamente resquebrajada, el esclavo aterrorizado siente que ha fracasado, se agazapa en la esquina y cubre su pierna izquierda con paja buscando confundir al amo.
La puerta se abre y la luz de afuera entra con el frío que arranca la paja de su pie.
«¡Chelo, querido! Vamos a pasear». El hombre que entra está cubierto, en lo que parece a ojos de Zambo, de placas de metal. Jamás en su vida ha visto algo tan espectacular y a la vez tan terrible. Vuelve a cerrar los ojos procurando parecer dormido.
En su mente no sabe para qué tanto acero. Pero, reconoce la larga espada que cuelga a un costado, años atrás en la mina de Potosí un hermano esclavo perdió un brazo con ese largo instrumento de muerte.
El amo avanza hacia su caballo y Zambo aún agazapado contra la pared siente que alguien le observa.
«Esclavo sucio, ¡despierta!»
Asustado, levanta la cara y mira hacia el amo.
«Esclavo, hoy llega el juicio final, yo iré a enfrentar mi destino. Y tú sucio ahí donde estás te quedarás hasta que vuelva y si no vuelvo me encargaré que no veas la luz».
Los ojos de Zambo se muestran temerosos y llorosos mirando al agresor, no es la primera vez que el amo le amenaza de esta manera. Usualmente lo hace cada par de semanas, pero su temor no disminuye, sabe lo brutalmente abusivo que puede ser el ahora valiente noble.
Zambo no habla mucho, su lenguaje completo no supera las mil palabras y la mayoría de lo que dice suena a farfullo antes que a palabra educada. No comprende mucho, pero sabe que su vida es lo más precioso y que su libertad es lo más dulce.
El noble armado de acero se sube a su bestia, al salir de la porqueriza el barro dibuja una estela.
Un sonido como mil truenos se escucha.
Zambo sigue rompiendo su cadena.
El sueño de libertad, el gigante moreno parece ver su vida cambiar mientras aquella cadena se termina de romper.
Falta tan poco, son solo un par más de golpes y será libre.
De pronto otro cañonazo, el cielo se parte y Zambo piensa que el juicio final está cerca.
Aún sin haberse podido levantar, de pronto Chelo vuelve a la porqueriza. Pero esta vez sin jinete.
Es su oportunidad, descalzo y vestido como un mendigo, pero con la fuerza de tres hombres, corre hacia el caballo y se sube sin pensarlo.
Otro trueno en el cielo y esta vez una explosión a poca distancia de donde se encuentra. Le recuerda a las explosiones de la mina. Quizás el rey ha venido a devorarlo todo, quizás es el juicio final.
Zambo a caballo escapa, ve a la distancia lo que parece ser una plaga de langostas cubriendo el horizonte. El caballo no va en esa dirección, parece estar poseído y marchar lejos del ruido. Las explosiones aumentan en cadencia y Zambo comprende qué está pasando.
No es el juicio final, es la guerra.

***
Mario Bravo Larrea (Lima, 1989) Escritor en ciernes con veintisiete años de maceración.

jueves, 16 de febrero de 2017

Bienvenidos al nuevo blog de Torre de Papel

Bienvenidos al nuevo blog de Torre de Papel Ediciones, el cual ha sido renovado para que todos nuestros lectores puedan tener un acceso más rápido e intuitivo a nuestras publicaciones. 

En la página Catálogo  se encuentran divididos nuestros libros en dos secciones: los que han sido publicados en papel y los ebooks gratuitos. Al hacer click en cada una de las caratulas tendrán acceso a los detalles de cada obra, entre ellos los lugares de venta de cada libro en papel y los enlaces de descarga de los ebooks gratuitos en epub, mobi y pdf.

En la página Autores se encuentran las fotos de todos los escritores que han publicado con nosotros, al hacer click en cada una podrán leer sus reseñas biográficas y ver los enlaces de sus redes sociales.

En la página Distribución tendrán acceso a un mapa personalizado de google maps donde están marcadas todas las librerías donde se encuentran algunas de nuestras publicaciones. Al hacer click en la ubicación de cada librería aparecen los libros que están disponibles ahí y su precios.

Muy pronto estaremos agregando nuevas novedades.

domingo, 1 de enero de 2017

Carlos Enrique Saldivar

Estudió Literatura en la UNFV. Finalista de los Premios Andrómeda de Ficción Especulativa 2011 en la categoría: relato. Finalista del I Concurso de Microficciones, organizado por el grupo Abducidores de Textos. Finalista del Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft. Finalista del XIV Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2016. Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008), Horizontes de fantasía (2010); y el relato El otro engendro (2012). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), y Erídano. Suplemento N° 26: Ciencia Ficción Peruana 2 (2016). 

Publicaciones con Torre de Papel Ediciones



lunes, 7 de noviembre de 2016

Un cuento mensual: Fiesta del té (Alejandra P. Demarini)

Ya había caído la tarde. Se acercaba la hora de cenar, pero los juegos siempre tienen prioridad en la mente de los niños y ella había estado preparando su mesita con esmero desde que su compañero regresó.
—Casi está —dijo en voz alta, acomodando las tazas antes de levantar la mirada al niño sentado al otro extremo de la mesa—. Logré conseguir unos bizcochos, pero no se lo digas a nadie, Rupert.
Rupert asintió, compartiendo una sonrisa con la niña.
Ella se dirigió a su cama; encima había dejado los postres que la madre expresamente indicó no tocar y que, sin embargo, habían sido demasiado buenos como para no formar parte de la merienda de la tarde.
Regresó a la mesa, encantada de encontrar las cucharitas en su lugar.
—Muy bien, Rupert, ahora sí podemos tener una fiesta de té como las que tienen los adultos.
Su alegría no era compartida. Su amigo frunció el ceño y ella decidió explicarle antes de que él expresara lo que tenía en mente.
—Sí, ya sé lo que vas a decir, pero sabes que no me dejan usar agua de verdad, dicen que sería un desastre y no quieren que se arruine el piso.
Rupert no se mostró convencido.
—No seas aburrido —continuó ella, dejando los bizcochos sobre el pequeño azafate—. Usa la imaginación.
El muchachito resopló, pero hizo lo que le pidieron, asiendo la tacita de porcelana que tenía en frente.
—Ay, pero todavía no —insistió la niña—, tienes que esperar a que sirva primero.
Mientras ella cogía la tetera y hacía ademán de llenar las tazas, su compañero se abstuvo de hacer comentarios.
Ella se volvió a arrodillar frente a la mesa, con cuidado de no arrugar su vestido, y cada quien levantó su propia taza para sorber el té invisible, teniendo muy presente que los meñiques debían estar alzados.
—Bien, señor Rupert, ¿cómo estuvo su día?
La niña había entrado ya en su personaje de dama de alta sociedad, con imitación de voz pomposa incluida. No obstante, toda su ilusión se quebró al ver lo que hacía el otro.
—Rupert, ¿cómo vas a contestar y preguntarme después sobre mi día si tienes la boca llena de bizcocho? —el niño la miró, aún con el postre en la mano— No, no hables ahora, es de mala educación hablar con la boca llena.
Fue el turno de ella de suspirar con fastidio, a lo que el chico respondió dejando el objeto de la discordia de vuelta en el azafate, y usando el mantel para limpiarse las migajas de las comisuras de los labios. Cosa que hizo con exagerada gracia y decoro, ganándose las carcajadas de su compañera.
—La cena está lista —el juego llegó a su fin cuando la madre entró en la habitación—. ¿No me escuchaste llamándote?
—No, no escuché.
El niño se puso de pie, sacudiéndose de la ropa lo que quedaba de las migajas antes de ir al encuentro de su madre.
—¿Qué te dije de los bizcochos?
—Lo siento.
La mujer negó con la cabeza ante el postre mordido. Debió saber que era demasiada tentación para su hijo, pero no podía enojarse con él, ¿qué otra cosa podía hacer el pobrecito en esa enorme y vieja casa? Llevaban una semana y todavía faltaba desempacar varias cosas; con la mujer ocupada en eso y el padre trabajando, el chico no tenía mayor distracción que sus juegos. Ni que decir de hacer amigos en el vecindario, con lo callado que era.

Tomándolo de la mano, la madre se llevó al niño, dejando el cuarto vacío.

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Alejandra P. Demarini (Lima, 1989) Estudió Psicología en la Universidad Ricardo Palma y ha seguido varios cursos y talleres de literatura y narrativa. Autora de las novelas El castillo extraño (Ediciones Altazor, 2014) y Crista y el reino de los sueños, la cual fue finalista del Tercer Premio Altazor de Novela Infantil 2015. Ha publicado también varios cuentos en plataformas virtuales, así como compilaciones físicas de los géneros fantástico y ciencia ficción.